Mi primer viaje sola a Tailandia: ruta, aprendizajes y cómo cambió mi forma de viajar
Bangkok, Chiang Mai, Camboya y las islas del sur en un viaje que marcó un antes y un después.
Viajar sola no era algo que tuviera en mis planes inmediatos. Hasta ese momento, mis viajes habían estado ligados principalmente al trabajo: agendas claras, tiempos ajustados y rutas optimizadas.
Tailandia fue distinto. Fue mi primer viaje sola, organizado completamente por mí, sin reuniones, sin objetivos profesionales. Solo por el deseo de viajar.
Sin saberlo, ese viaje no solo me llevó a recorrer Tailandia y Camboya, sino que redefinió para siempre mi relación con los viajes.
Bangkok: el inicio de mi primer viaje sola
Mi ruta comenzó en Bangkok, una ciudad intensa, caótica y profundamente fascinante. Decidí alojarme cerca de los templos, en la zona histórica, para poder recorrerlos caminando y adaptarme de a poco al ritmo de la ciudad.
Bangkok fue un choque cultural inmediato: el calor, los mercados, los sonidos, el movimiento constante. Pero también fue el lugar donde entendí algo clave: viajar sola no es estar sola, es aprender a observar y confiar.
Pasé días recorriendo templos, caminando sin rumbo fijo y sentándome simplemente a mirar cómo funcionaba la ciudad.
Chiang Mai y Chiang Rai: bajar el ritmo y aprender desde la experiencia
Desde Bangkok volé al norte, a Chiang Mai, y el cambio se sintió de inmediato. Todo era más tranquilo, más cercano, más humano.
En Chiang Mai hice un curso corto de cocina tailandesa, una experiencia que siempre recomiendo. No solo por aprender recetas, sino por entender los ingredientes, recorrer el mercado local y compartir con otros viajeros que también estaban viviendo su propio primer viaje.
Desde ahí fui a Chiang Rai, donde visité el famoso Templo Blanco (Wat Rong Khun). La mezcla entre arte contemporáneo y espiritualidad fue uno de los momentos más memorables del viaje.
Siem Reap, Camboya: Angkor y la importancia del silencio
Desde el norte de Tailandia crucé a Camboya, llegando a Siem Reap. No recuerdo exactamente cuántos días estuve, pero sí recuerdo claramente las sensaciones.
Ver el amanecer en Angkor Wat fue una experiencia profundamente introspectiva. El silencio, la luz apareciendo lentamente, los templos emergiendo desde la oscuridad. También recorrí Angkor al atardecer, caminé entre ruinas y tuve tiempo para simplemente estar.
Ese tramo del viaje me enseñó que no todo viaje tiene que estar lleno de actividades. A veces, lo más valioso es el espacio.
El sur de Tailandia: islas, flexibilidad y dejarse llevar
De vuelta en Tailandia, llegué al sur por Krabi, desde donde tomé un barco a Koh Lipe. Ahí comenzó la parte más flexible del viaje, donde el itinerario era solo una referencia.
Desde Koh Lipe fui subiendo por las islas: Phi Phi, luego crucé al Golfo de Tailandia para llegar a Koh Phangan, ajustando fechas para coincidir con la Full Moon Party. Más que la fiesta en sí, fue la experiencia de compartir con viajeros de todo el mundo y sentir esa energía única.
Finalmente regresé a Krabi y me quedé en Railay, un lugar perfecto para cerrar el viaje con calma, playas espectaculares y la sensación de haber vivido algo importante.
Lo que este viaje me dejó (y por qué volví)
Cuando volví a casa, entendí que este viaje había marcado un antes y un después. Me demostró que podía organizar rutas largas, moverme sola, cambiar planes y confiar en mis decisiones.
No fue la última vez.
Después de ese primer viaje, volví a Asia y a otros destinos varias veces, explorando nuevas rutas, islas y formas de viajar. Pero esa evolución —qué cambiaría hoy, qué haría distinto y qué recomiendo según cada perfil— es algo que siempre converso en profundidad en asesoría.
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A veces, lo único que falta para partir es una buena conversación.
